sábado, 28 de noviembre de 2015

El Respeto

La palabra respeto está de moda. La escuchamos en el mercado, en los discursos, en las convocatorias, en las iglesias, en todas partes. Todos hablamos de tolerancia y respeto, queremos sentirnos personas cultas y educadas, que no reaccionamos con violencia ni grosería cuando alguien piensa o actúa de manera distinta a nosotros.

Pero, ¿cómo reaccionamos cuando alguien nos afecta a nosotros directamente? ¿Dónde quedan la tolerancia y el respeto cuando el carro de adelante no arranca inmediatamente después de que ha cambiado el semáforo? ¿O cuando aquel que desesperado porque está en una emergencia, nos corta el paso en el tráfico?

O para ser más realistas cuando nuestra hija decide salir con alguien que no nos gusta. Yo pienso que en realidad el respeto del que tanto se habla funciona, siempre y cuando no se metan directamente con nuestros intereses. Es una especie de pacto: si tú no te metes conmigo, yo no me meto contigo.
 
Pero hay algo más completo que la tolerancia, el respeto es más rico y completo en su significado, implica entendimiento, comprensión y una gran porción de amor.

El respeto exige la comprensión del otro. Ponerse en sus zapatos, implica tratar de comprender su posición. No basta solamente con no agredirlo o ignorarlo, implica escucharlo con atención y sin el ánimo de cuestionar sus ideas y abiertos inclusive a aceptar la posibilidad de replantear las nuestras.
 
El respeto hace una diferenciación total entre la persona y lo que ésta piense o diga en un momento dado. Nos lleva a aceptar nuestras diferencias personales, recordando que cada uno de nosotros tiene derecho a ser quien es.
 
Debemos recordar que cada ser es único y esta hecho a imagen y semejanza de Dios, por lo tanto merece nuestro respeto y consideración.

¿Por qué nos interesa fomentar la virtud del respeto?

· Porque el respeto es la primera condición para la convivencia entre las personas, e implica el reconocimiento de la dignidad de cada una. El respeto a los demás nos ayuda a saber participar y crecer con ellos.

· Porque todo lo que pensemos, hagamos y digamos debe ir de acuerdo con nuestra dignidad. En esto se manifestará el respeto hacia nosotros mismos.. El respeto a nosotros mismos nos permite ser mejores como personas, y nos ayuda a crecer en la virtud, ya que nos conducirá a buscar lo bueno y a descartar lo que nos pueda hacer daño.

· Porque en nuestra sociedad se piensa erradamente que debemos regirnos por nuestros gustos y caprichos, aún a costa de pasar por encima de los demás. Esta visión y forma de vivir impide establecer relaciones interpersonales positivas y lleva a la soledad y el vacío.

· Porque en algunos ambientes materialistas de nuestra sociedad, se piensa que vale más y merece más respeto el que más tiene, y no el que más es. Esto lleva a poner los ideales e ilusiones en lo material y elimina el sentido trascendente y la posibilidad de una realización y felicidad más profundas.

· Porque hay algunos derechos que no proceden de ninguna obra realizada por el hombre, sino de su dignidad como persona humana, y hay otros que adquiere por su manera de vivir y de pensar, al ennoblecer su dignidad.


Vivir el respeto significa

· Ver a la otra persona como otro yo. Tratar a las personas como a mí me gusta que me traten.

· Obedecer a mis padres y maestros y tratarlos con respeto. Escucharles con atención, seguir sus recomendaciones e indicaciones, obedecerles con amor y prontitud aunque lo que me pidan cueste.

· Reconocer la dignidad del sacerdote como “Otro Cristo” y tratarlo con respeto. Ponerme de pie cuando un sacerdote entre a donde yo estoy, escucharlo con atención, obedecerle.

· Tratar a los demás, sin distinción, con amabilidad. Saludar, despedirme, dar las gracias, pedir las cosas por favor, hablar de buena manera, etcétera.

· No hablar mal de nadie, no burlarme, no criticar, no ignorar a nadie.

· Saber escuchar y ayudar cuando alguien requiera de mi ayuda. No hablar solamente yo ni querer imponer mis gustos o caprichos.

· Saber ceder, no querer imponer siempre mi voluntad, respetar la opinión de los demás.

· Saber esperar mi turno para hablar, para pasar, para participar, etcétera.

· Saber convivir con los demás respetando las normas y reglas de los juegos.

· Cuidar y respetar mis cosas y las de los demás.

· Respetar el esfuerzo y cuidar el trabajo de los demás.

· Darme cuenta de que me rodean muchas personas a las que no siempre hago caso, tomarlas en cuenta, saludarlas con amabilidad, etcétera.

· Cuidarme y respetarme de todo lo que me pueda dañar. Tener cuidado con lo que uso, hago, escucho o veo.

· Desarrollar al máximo mis cualidades para ser cada vez mejor persona. Nunca pensar que valgo por lo que tengo sino por lo que soy.

· Respetar y cuidar los lugares en donde vivo, estudio, juego, etcétera.

· Obedecer las normas del reglamento escolar y de la sociedad en la que vivo.

· Respetar los símbolos de mi país, ponerme de pie al escuchar el Himno Nacional, saludar a la bandera.

· Respetar la intimidad y los sentimientos de los demás.

· Ser alegre, generoso y bondadoso, ya que los demás merecen lo mejor de mí por la dignidad que tienen.


Qué facilita la vivencia de esta virtud

· La comprensión, pues nos ayuda a entender al otro y encontrar en él el valor que tiene como persona, independientemente de sus fallos o errores.

· La virtud de la caridad manifestada en benedicencia, amabilidad, alegría y bondad.

· El descubrir nuestra propia dignidad como hijos de Dios y reconocer esta misma dignidad en los demás.

· La convivencia y el trato con otras personas que ayuda a descubrir lo bueno que tienen y a saber escuchar y ceder.

· La sensibilidad y delicadeza de espíritu para reconocer abusos y malos tratos a la dignidad de otros.

· La virtud de la generosidad que nos lleva a pensar en los otros antes que en nosotros mismos.

· Reconocer mi propia dignidad y cuánto me ama Dios por ser quien soy. Ver que los demás son iguales a mí en esto.

· Darme cuenta que yo también recibo de los demás un trato respetuoso, y que lo hacen porque reconocen en mí esa dignidad como ser humano.

· Ser agradecido con los demás, no acoger los favores y atenciones como obvios y debidos a mi persona.


Qué dificulta la vivencia de esta virtud

· Una falsa concepción de la persona humana en la cual se le valora por el tener y no por el ser.

· La educación para el egoísmo e individualismo que lleva a buscar la satisfacción de los propios gustos o caprichos, sin atender al respeto de la propia dignidad y de la de los demás.

· El ambiente materialista y utilitario, que lleva a valorar a las personas por lo que tienen o por lo que puedan ser útiles para mí.

· Falta de sensibilidad ante las necesidades de los demás.

· La sociedad que tiende a ver la masa, y no a la persona.

· La permisividad por parte de padres y educadores ante las faltas de respeto.


Para promover la virtud del respeto en casa

1. Dar siempre ejemplo de amabilidad y buen trato con todos, independientemente del grado de amistad o simpatía que se pueda tener hacia las demás personas. Propiciar un ambiente de alegría, cordialidad y acogida a todos los que entren en casa.

2. Saber respetar las decisiones y opiniones de los miembros de la familia, siempre y cuando vayan de acuerdo con su dignidad de personas humanas. Si no es así, dirigir y proponer con amabilidad. Ser firme al corregir, pero hacerlo de manera suave y respetuosa.

3. Fomentar actividades de convivencia que ayudan a saber escuchar a los demás, ceder ante nuestros caprichos y vencer el egoísmo.

4. Fomentar el respeto a la intimidad, los sentimientos y las cosas de los demás. Tocar a la puerta antes de entrar, no tomar cosas sin pedirlas prestadas, cuidar las cosas de los demás y devolverlas en buen estado.

5. No permitir por ningún motivo la crítica, burla, actitudes prepotentes o juicios a ninguna persona.

6. Enseñar a cuidar las cosas, mantenerlas ordenadas y utilizarlas como es debido.

7. Tener un trato especialmente amable y delicado a las personas que trabajan conmigo o para mí. Pedir las cosas por favor, dar las gracias, ayudar en lo que se pueda aunque no sea nuestra obligación o responsabilidad.

8. Promover actitudes de sensibilización ante las necesidades de los demás por medio de la ayuda material y la oración.

9. Hablar mucho con los hijos sobre los vicios y todo lo que puede atentar contra su dignidad. Vigilar los programas de televisión, películas y lecturas y ayudarles a descubrir lo que les hace daño y lo que va de acuerdo con su dignidad como personas.

10. Respetar en familia los símbolos patrios. Escuchar de pie el Himno Nacional y tratar con respeto la bandera.

jueves, 19 de noviembre de 2015

Venga tu Reino Señor ¡Viva Cristo Rey!

Ante ti, que siempre estás en el Sagrario para escucharme, para infundir calor a mi corazón muchas veces indiferente y frío. Más frío que estas tardes del ya cercano invierno. Pero hoy quiero que hablemos, no del cercano invierno, sino del cercano día en que vamos a festejar Tu día, Señor, el DÍA DE CRISTO REY el próximo domingo.
El Padre Eterno, como tú nos enseñaste a llamarle a Dios, es el Rey del Universo porque todo lo hizo de la nada. Es el Creador de todo lo visible y de lo invisible, pero... ¿cómo podía este Dios decírselo a sus criaturas? ¿cómo podría hacer que esto fuese entendido?... pues simplemente mandando un emisario.
No fue un ángel, no fue un profeta, fuiste tú, su propio Hijo, tu, Jesús.
Como nos dice San Pablo: Fue la propia imagen de Dios, mediador entre Este y los hombres y la razón y meta de toda la Creación. Él existe antes que todas las cosas y todas tienen su consistencia en Él. Es también la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia Católica. Es el principio, el primogénito, para que sea el primero en todo. Así se expresa San Pablo de ti, Jesús mío y en esa creencia maravillosa vivimos.
Cuando fuiste interpelado por Pilato diste tu respuesta clara y vertical: Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos... PERO MI REINO NO ES DE AQUÍ. Entonces Pilato te dijo: Luego... ¿tú eres rey?. Y respondiste: Tú lo dices que soy rey. Para esto he nacido yo y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la Verdad, escucha mi voz. (Juan 18,36-37).
Jesús, tú hablabas de un Reino donde no hay oro ni espadas, donde no hay ambiciones de riquezas y poder. Tu Reino es un reino de amor y de paz.
Un Reino que los hombres no entendieron y seguimos sin entender porque lo que tú viniste a enseñar no está en el exterior sino en lo más profundo de nuestro corazón.
Pertenecer a este Reino nos hace libres de la esclavitud del pecado y de las pasiones.
Pertenecer a este Reino nos hace súbditos de un Rey que no usa la ley del poder y del mando sino del amor y la misericordia.
Diariamente pedimos "venga a nosotros tu Reino"  y sabemos que en los hombres y mujeres de bien, ya está este Reino, pues el "Reino de Dios ya está con nosotros" (Lc.17, 20-21.
El domingo, la Iglesia celebra a CRISTO REY. A ti, Jesús, que pasaste por la Tierra para decirnos que REINAR ES PODER SERVIR Y NO SERVIRSE DEL PODER.
Que viniste para ayudar al hombre y bajar hasta él, morir con él y por él, mostrándonos el camino hacia Dios.
¡VENGA TU REINO, SEÑOR!
¡Viva Cristo Rey !

domingo, 15 de noviembre de 2015

Si crees que no sirve, prueba

Un monje, se encontró una piedra preciosa y se la regaló a un viajero. Éste después de algún tiempo volvió donde el monje, le devolvió la joya y le suplicó: "Ahora te ruego que me des algo de mucho más valor que esta joya, valiosa como es. Dame, por favor, lo que te permitió dármela a mí”.

En la oración encontramos luz y fuerza para descubrir los tesoros y para regalarlos. En la oración encontramos fuerza para gastar y entregar la vida.

San Juan de la Cruz afirma que "quien huye de la oración, huye de todo lo bueno” (Dichos de luz, 185 ).

Santa Teresa supo por experiencia los resultados de la oración. Sin ella no encontraba la vida, ni camino, ni paz ni alegría. Es puerta y camino para ir a Dios. "La oración es principio para alcanzar todas las virtudes y cosas (en la) que nos va la vida comenzarla todos los cristianos” ( C 16, 3 ). Y en otro lugar: "Para ir a Dios, creedme, y no os engañe nadie en mostraros otro camino sino el de la oración” ( C 21, 6 ).

La oración nos lleva a amar y respetar a la tierra y a los otros. "Simplemente, estoy convencido de que sólo la persona de oración puede evitar que estas realidades buenas lleguen a ser ídolos malos. Sólo ella puede orientarlos al respeto del ser humano y al respeto de la tierra. De ahí la utilidad social y hasta cósmica de lo que aparentemente es la inutilidad misma. La oración es una reserva de silencio donde rehacer las energías; el silencio es armonía y plenitud. El hombre de oración es como el árbol. Influye en el ambiente”(Barreau).

La oración sirve para crecer, alcanzar virtudes, para sufrir, para arrancar los vicios. Así se expresa san Buenaventura:

"Si quieres sufrir con paciencia las adversidades y miserias de esta vida, sé hombre de oración.

Si quieres alcanzar virtud y fortaleza para vencer las tentaciones del enemigo, sé hombre de oración.

Si quieres mortificar tu propia voluntad con todas sus aficiones y deseos, sé hombre de oración.

Si quieres vivir alegremente, y caminar con suavidad por el camino de la penitencia y del trabajo, sé hombre de oración.

Si quieres alejar de tu ánima las moscas importunas de los vanos pensamientos y cuidados, sé hombre de oración...

Finalmente, si quieres desarraigar del ánima todos los vicios y plantar en su lugar las plantas de las virtudes, sé hombre de oración. Porque en ella se recibe unción y gracias del Espíritu Santo, la cual enseña al hombre todas las cosas”.


¡Cuánto bien ha hecho la oración!, ¡Cómo ha cambiado a las personas!. "¡Oh cuántas danzas ha hecho la poderosa mano de Dios con este suave y eficaz y celestial remedio de la oración! ¡Oh con cuánta facilidad ha hecho dejar los deleites mundanos y convertidlos en divinos!

¡Cuán frecuentemente ha hecho soltar de las manos rentas, estados, dignidades y señoríos que el hombre tenía pegado a su corazón!
” (Diego de Guzmán).

La oración nos ayuda en nuestro caminar, por el día y por la noche, mientras duran lo días de esta vida intranquila, hasta que las sombras desaparezcan. Y en ésta búsqueda se pide la realización del encuentro. "Señor, concede a todos los que Te buscan, que Te encuentren, y a todos los que ya Te han encontrado, que Te busquen de nuevo, hasta que todo nuestro buscar y encontrar sea cumplido en tu presencia” (Hermann Bezzel).

La oración brota desde una necesidad, desde un deseo, desde una frustración. Así se expresaba Cervantes en el Quijote: "Abrid camino, señores míos, dejadme volver a mi antigua libertad; dejadme que vaya a buscar la vida pasada, para que me resucite de esta muerte presente. Yo no nací para ser gobernador, ni para defender ínsulas, ni ciudades de los enemigos que quisieran acometerlas.

Mejor se me entiende a mí de arar y cavar, podar y ensarmentar las viñas, que de leyes ni de defender provincias ni reinos. Bien se está San Pedro en Roma: quiero decir que bien se está cada uno usando el oficio para que fue nacido.

Vuestras mercedes se queden con Dios, y queden con Dios, y digan al Duque mi señor que desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano: quiero decir, que sin blanca entré en este gobierno, y sin ella salgo, bien al revés de cómo suelen salir los gobernadores de otras ínsulas”.

La oración, como tantas cosas en la vida, no se puede saborear ni ver los resultados hasta que no se toma en serio. Por eso quien dude de su eficacia, que la pruebe.

sábado, 14 de noviembre de 2015

¿Qué lugar ocupa la Virgen María?

¿Qué lugar ocupa la Virgen María en nuestra espiritualidad?

Mujer, aquí tienes a tu hijo; hijo, aquí tienes a tu madre  (Juan 19,26-27). Desde que por primera vez el discípulo a quien Jesús amaba acogió a María en su casa, fue María quien acogió también a la Iglesia.
Estoy frente a una escultura de la Virgen de Montserrat, y hoy que me he sentado para escribir unas líneas sobre un tema de espiritualidad. Me parece un deber filial escribir algo sobre María. Ya desde una perspectiva antropológica y psicológica, la incorporación del arquetipo materno en la propia espiritualidad, a mi entender, enriquece y complementa el desarrollo humano y cristiano de la persona.

El modelo humano y la condición de discípulo que nos ofrece el Nuevo Testamento sobre María son exquisitos por su discreción, finura y ternura: su disponibilidad en la Anunciación, la fidelidad hasta el pie de la cruz, su presencia en la vida de la Iglesia ilustrada en el relato de Pentecostés. Y no hay que liberar a María del dogma para hacerla más próxima a nosotros. Si los dogmas son símbolos de la fe, entonces son formulaciones capaces de llevarnos "a una relación con..."  . Esta María, tan humana, ha sido admitida ya dentro del ámbito de la divinidad: por eso es posible una proximidad especial con ella. Podemos sentirnos escuchados, amados, animados, curados por ella.
Quizás ya no pensando que, como Cristo y el Padre están más lejos... ella nos hace de intermediaria. Me parece que ya todos nos dejamos llevar por el Espíritu que llama en nuestros corazones confiadamente "Abba, Padre", o que ya tenemos consciencia de que "en Cristo tenemos un gran sacerdote capaz de compadecerse de nuestras debilidades". Pero sí porque en nuestra vida espiritual la presencia del rostro femenino de María nos dice algo de Dios que sólo ella puede transmitir a su manera: con su ternura y su acogimiento de madre, su discreción, su valentía y fortaleza de mujer, su preocupación por la vida, su capacidad de comprensión, su sensibilidad y admiración por la bondad... y, seguramente, más cosas que el querido lector también podría añadir.

Vivir junto a un icono-escultura de María tan amada, como es la de la Virgen de Montserrat, me ha hecho comprender, cada vez más, la importancia de María en la espiritualidad del cristiano: ¿cuántas veces la ternura y la mano izquierda de una madre no han podido más que la tristeza, la desesperación, el desconsuelo, el desencarrilamiento o el desencanto de alguno de sus hijos?
María, como representa la escultura romanicogótica de Montserrat, sede de sabiduría, que tiene el niño en el regazo y lo muestra a todo el mundo que va hacia ella, es imagen de cómo la Iglesia tiene que presentar a la Madre de Dios: como aquella que lleva a Cristo. Si hay alguien, sin embargo, que se siente atraído por Maria y no consigue llegar al Hijo, me atrevo a decir que ya ha empezado a andar, aunque no haya llegado a la meta.

viernes, 13 de noviembre de 2015

Ofertorio: La ofrenda de uno mismo

¿Qué ofrecemos en el ofertorio?
El ofertorio es uno de los momentos de la Misa en el que Dios pide nuestra especial participación. El pan y el vino, fruto del trabajo del hombre, son llevados al altar en procesión como símbolo de la ofrenda de cada uno de los presentes. Pero ¿qué es realmente aquello que ofrecemos al Señor?
Manos vacías
Volvemos la mirada a nuestras manos y las encontramos vacías. Dios quiere hacer una alianza con el hombre y le pide su parte del pacto y nosotros no encontramos nada que ofrecer (Gen. 17, 7-9). Si quieres busca en tu memoria tus grandes méritos y tus grandes hazañas y ponlos en tus manos. Te aseguro que serán pocos y aún así, ¿no habrá sido Dios mismo quien te ha dado la gracia para realizarlos? Igualmente puedes preséntalos al Señor. Dios acoge aquello que le quieras ofrecer y lo acepta con amor.
Dios, en la persona del sacerdote, está al frente del altar viéndote entrar por el pasillo. Te ve caminar hacia Él con tus manos llenas de triunfos, virtudes, actos de caridad, limosnas. Le presentas aquello que crees que le va a honrar. Sin embargo, cuando llegas y le muestras todo aquello que traes en las manos, te mira con ternura a los ojos, coge todos tus logros, los pone a un lado y te dice: "El honor más grande es tenerte a ti como hijo”. En ese momento te abraza con fuerza y te acoge como hijo, seas como seas, con tus manos llenas o vacías. Puedes escuchar en tu corazón esas palabras del Padre y descansar en Él. Recuerda que Dios no pide nada y lo da todo.
Al reconocer esta actitud de Dios, nos preguntamos: ¿qué es lo que quiere Él? ¿qué hay en mí que le pueda agradar? ¿qué ofrenda será grata a sus ojos?
La voz de la Escritura
La respuesta a esta pregunta la encontramos en la Sagrada Escritura. Dios nos revela que: "no te agrada el sacrificio, si ofrezco un holocausto no lo aceptas. El sacrificio a Dios es un espíritu contrito; un corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo desprecias.” (Sal 51, 18-19). Siguiendo esta misma línea Cristo en el Evangelio nos responde con palabras claras: "Si hubieseis comprendido lo que significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificios.” (Mt 12, 7).
En el acto penitencial, hemos aprendido a reconocer nuestra pequeñez, miseria y limitación. Hemos visto la necesidad de vaciarnos para ser colmados por Dios. La misericordia de Dios va más allá. Dios, sabiendo que no teníamos nada que ofrecerle, nos invita a ofrecerle nuestra nada. "Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual.” (Rom 12, 1).
La ofrenda del pecador: él mismo
Puede ayudar preguntarle: ¿Señor, qué quieres de mí?, ¿quieres que cumpla con mis deberes como cristiano?, ¿esa es mi ofrenda? Y escuchar cómo te dice al corazón: te quiero a ti. Dios quiere que nuestra ofrenda seamos nosotros mismos. La alianza se sella con la sangre: Su sangre y la tuya (Mt 26, 28). Tu sangre, tu herida más profunda, es la herida de tu pecado. Aprende a ofrecer aquello de lo que te avergüenzas, aquello que deseas ocultar, aquello que no quieres que nadie vea; ofrécelo. Será grato a los ojos de Dios. Porque: "Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes.” (Sant 4, 6).
Es así como la miseria se convierte en nuestro mayor tesoro siempre y cuando vivamos de esperanza. "En tu salvación espero, Yahveh.” (Gen. 49, 18). Para quien no se sabe abandonar en Dios, su miseria se convierte en el mayor obstáculo para llegar a Él. Quien espera en el Señor, su miseria lo lleva a la más íntima unión con Él (Sal. 51). No hay nada que separe a esa alma de Dios. El alma que confía se lanza hacia el Señor sin pensar dos veces si va a ser agradable o no a sus ojos.
Abrir las manos en el ofertorio
Estamos acostumbrados a cerrar las manos para no mostrar la suciedad que hay en ellas. Te invito a abrirlas ante el Señor durante el ofertorio. El Señor quiere ver tus manos, quiere ver tu actitud de ofrenda. Quiere ver que en tus manos sucias hay un corazón. Un corazón pequeño y herido pero totalmente suyo (Ez 11, 19-20). El corazón que Él mismo ha creado y que conoce profundamente (Sal 139). Está deseando unir su Sagrado Corazón con el tuyo. No esperes más y concédele el regalo de tu humilde corazón.
Oración para el ofertorio
Puedes acompañar tu ofrenda con esta pequeña oración:
Padre de bondad, me presento ante ti sin nada. Todos los esfuerzos por merecer tu amor han sido en vano. Me doy cuenta que no quieres de mí actos heroicos sino que me ofrezca como soy. Tú conoces mi corazón, tú lo creaste, es por eso que te lo devuelvo deseando que sea ésta la ofrenda agradable a tus ojos. Es poco lo que te doy pero es mi todo. Acéptalo porque eres bueno y misericordioso.
Cuando veas al sacerdote elevar el pan y el vino asegúrate de que tu corazón sea también parte de esa ofrenda. Al sacerdote le corresponde la misión de ser mediador entre Dios y nosotros. Es él quien, en nombre de todos, presenta el objeto de la ofrenda al Padre (Heb. 5, 1). Es necesario que coloques toda tu alma en la patena y veas como se eleva al Dios del cielo. Puedes unirte a las palabras del sacerdote y decirlas desde el corazón.

jueves, 12 de noviembre de 2015

Se deja tocar, comer y abrazar por quienes lo desean

Sucedió en la vida de San Felipe Neri, como nos lo presenta un testigo en el proceso de canonización: Haber visto al Santo revestido con una vieja alba y unos pobrísimos ornamentos, retirándose con lágrimas porque se le impedía decir Misa. Debe ser lo más tremendo que le pueda suceder a un sacerdote: el que no se le deje celebrar la Santa Misa. Y una de las novedades de las cuales se lo acusaba injustamente a San Felipe Neri era precisamente ésa: la de exhortar a los sacerdotes a decir Misa todos los días y a los fieles a comulgar frecuentemente.
Por eso, que este ejemplo de su vida simplemente nos sirva para llegar a darnos cuenta de lo que significaba la Eucaristía para San Felipe Neri, y para tomar pie para seguir con nuestro tema: el por qué la Eucaristía da la gracia, por qué la Eucaristía da la vida.

 
  • En primer lugar, porque la Eucaristía, es el mismo Cristo. La Eucaristía no solamente nos da la gracia santificante y la gracia propia del sacramento, sino que, además, nos da al mismo Autor de la gracia, que se presentó a sí mismo como "la Vida”.
     
  • En segundo lugar, porque en la Eucaristía se nos da la víctima que se inmola. Por tanto, participamos -al recibir la víctima del sacrificio- del sacrificio eucarístico, del sacrificio del altar, que no es otro que el sacrificio de la Cruz, aunque en "especie aliena”, en especie ajena.
     
  • En tercer lugar, por lo cual la Eucaristía nos da la vida es por el modo mismo de este sacramento. ¿Cuál es ese modo? Este sacramento se nos da a modo de comida y bebida. Así entonces, de esta manera todo lo que hacen la comida y la bebida materiales en la vida corporal, hace este sacramento, comida y bebida espiritual, en orden a la vida espiritual de los cristianos. Y ¿qué es lo que hace la comida y la bebida material en orden al cuerpo para así entender lo que hace la comida y bebida espiritual en orden al alma?

La comida y bebida material hacen cuatro cosas: sustentar, aumentar, reparar y deleitar. Y esas cuatro cosas son las que hace este sacramento en nuestras almas:

1)  Sostiene nuestra vida espiritual, la conserva, la mantiene y la sustenta.

2)  Aumenta, pero con esta diferencia: así como es necesaria la comida material para que el cuerpo del hombre crezca hasta que llegue hasta su plenitud, pero luego comienza a decrecer, por el contrario, la comida y la bebida espirituales al hombre le hacen crecer durante toda su vida porque siempre le van produciendo un aumento de la gracia, que va llevando al hombre hasta la medida de la edad perfecta en Cristo.

3)  Repara. Ciertamente que, debido a los trabajos del día y al desgaste que hacemos de calorías, necesitamos reparar esas energías. Para eso está la comida y la bebida material, pero de manera especial, en la vida espiritual, los ataques del demonio, las tentaciones, las arideces, el polvo del camino en este peregrinar que se nos va pegando, las dificultades de adentro, de afuera, la carne, el mundo, el demonio, nos hacen perder fuerza espiritual. ¿Cómo recuperamos esas fuerzas espirituales? ¿Cómo se repara la pérdida que puede haber? Con la Eucaristía.

4)  Y por si fuese poco, la Eucaristía deleita. Por eso, la Eucaristía siempre es un manjar para el paladar del sacerdote, como tiene que ser un manjar para el paladar de aquél que se va preparando al sacerdocio. Y deleita la Eucaristía por ser el mismo Cristo y por ser el Cristo que es Víctima y por ser el Cristo que se nos da como comida y bebida de una manera inefable. Esto se ha mostrado de manera extraordinaria en algunos casos en la historia de la Iglesia; pero de manera ordinaria se manifiesta todos los días al recibir el Pan de los ángeles.

Por eso decía San Ambrosio: "este pan es de vida eterna, pues sustenta la sustancia de nuestra alma”.

Y San Juan Crisóstomo: "se deja tocar, comer y abrazar por quienes lo desean”.

No por nada dijo el Señor: "Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida”.

Pidámosle a la Virgen, que fue la que dio vida a Jesús, el comprender como ese Jesús, que es Vida, nos da vida a nosotros a través de la Eucaristía.

martes, 10 de noviembre de 2015

La Palabra se hace carne en nuestro corazón

Liturgia de la Palabra
La Liturgia de la Palabra es cuando se pronuncia la Palabra de Dios ante la asamblea. Sabemos bien que la palabra que el Padre ha pronunciado para darse a conocer como Dios Amor ha sido Jesucristo. "En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo.” (Heb 1, 2). Él es el Verbo, la Palabra de Dios que se hizo hombre. María, con su apertura en la encarnación, recibió al Verbo que se hizo carne en ella. "La Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros.” (Jn 1, 14).
La Palabra se hace carne en nuestro corazón
Así como María, también nosotros, por la acción del Espíritu Santo, recibimos al Verbo que se engendra en nosotros. Es por eso que acoger la Palabra de Dios nos va transformando en la misma Palabra que recibimos. Poco a poco, la acción del Espíritu Santo se va realizando y nos va asemejando más al Verbo Divino. "Pero quien guarda su Palabra, ciertamente en él el amor de Dios ha llegado a su plenitud.” (1 Jn 2, 5).
La liturgia de la Palabra es el momento en el que el Verbo se hace carne en nosotros. En esta parte de la Misa debemos tener una actitud de acogida. Dios se quiere revelar a nosotros. "Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.” (Mt 11, 27).
Llenarse de Dios
El acto penitencial nos ha ayudado a vaciarnos de nosotros mismos. La liturgia de la Palabra es el primer momento en el que nos llenamos de Dios. Durante la Misa, Dios se nos da en varias formas, en este caso Dios se nos da en forma de palabra. "Como lluvia se derrame mi doctrina, caiga como rocío mi palabra, como blanda lluvia sobre la hierba verde, como aguacero sobre el césped.” (Deut 32, 2).
A la escucha
Los oídos que tenemos que tener abiertos son los del corazón. Es el momento de abrirlos para escuchar, a través de la palabra, el amor de Dios hacia nuestra alma.
A veces nos quejamos porque no escuchamos la voz de Dios. Queremos que nos hable, que nos explique el por qué de tantas cosas que pasan en nuestra vida. Queremos que nos diga cuánto nos ama. Dios habla y habla muy claro. Se reveló durante siglos al pueblo de Israel y después, en Cristo, nos dijo todo lo que nos podía decir. "Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la Plenitud.” (Col 1, 19). En la Sagrada Escritura se encuentra el mensaje de Dios para sus hijos.
Ese mensaje es también para ti. Cuando estés en la Misa, puedes poner en tu corazón todas esas dudas, todos esos deseos, toda tu necesidad de Dios y escuchar. Escucha acogiendo al Dios que se te da en la Palabra. No es coincidencia que el día que deseabas consuelo, la primera lectura decía: ¡Aclamad, cielos, y exulta, tierra! Prorrumpan los montes en gritos de alegría, pues Yahveh ha consolado a su pueblo, y de sus pobres se ha compadecido.” (Is. 49, 13).
No es casualidad que el día que ansiabas saber qué hacer en una situación compleja escuches el salmo 23: "Yahveh es mi pastor, nada me falta. Por prados de fresca hierba me apacienta. Hacia las aguas de reposo me conduce, y conforta mi alma; me guía por senderos de justicia, en gracia de su nombre”.
No es coincidencia que el día que necesitabas el perdón, oigas con claridad en el Evangelio: "Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen.” (Lc 23, 34). No es casualidad, es la acción de Dios que se desborda de amor.
Hay que aprender a afinar el oído de nuestra alma para vivir en una actitud de escucha. Dios necesita corazones sencillos y llenos de fe que crean en su mensaje.
Necesidad del silencio
La Liturgia de la Palabra nos permite encontrarnos con Dios que nos habla en los textos de la Sagrada Escritura. Para escuchar la Palabra se requiere silencio. Sin embargo, no podemos pretender eliminar todo aquello que está en nuestra mente, es decir, nuestras preocupaciones, ilusiones, miedos, pendientes, etc. Es más importante que abandonemos en Dios todo aquello que lleva nuestro corazón y esperemos una respuesta de Él así como el centurión del Evangelio: "Basta que lo digas de palabra y mi criado quedará sano.” (Mt 8, 8).
Los pensamientos se convierten en ruido cuando son un monólogo. Sin embargo, si presentas a Dios tus preocupaciones puedes hacer un diálogo con Él. Silenciar el alma es ordenarla en Dios. Por ello, la liturgia de la Palabra es esencial, ya que Dios responde a ese diálogo con los textos de la Sagrada Escritura. Puede ayudarte abandonar en Dios aquello que tiene tu mente y sobre todo tu corazón, esperar de Él una respuesta y escuchar.
Escucha la Palabra que te habla y hablándote te ama. Escucha la Palabra que te habla y hablándote te consuela y llena tu soledad. Escucha la Palabra que te habla y hablándote te ilumina y te guía. Escucha la Palabra que te habla y hablándote te reprende y te permite conocer tu verdad. Escucha la Palabra que te habla y hablándote te convierte, te transforma, te santifica. Escucha la Palabra que te habla y hablándote se te da a sí misma.
Lo que Dios pide de nosotros
Dios, en su Palabra, es exigente. "La Palabra de Dios es más cortante que espada alguna de dos filos. Penetra hasta las fronteras entre el alma y el espíritu, hasta las junturas y médulas; y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón.” (Heb 4, 12). Nos invita a vivir de modo auténtico.
A la vez, Dios es justo y conoce nuestra pequeñez y miseria. Es por eso que nos da antes lo que nos va a pedir después. Nos pide que acojamos su palabra y la vivamos (Lc 8, 11-15). Junto con el don de su palabra nos da la gracia para cumplirla. Es por eso que su "hágase creador” crea en nosotros la respuesta para que podamos decir, como María, "hágase". "Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que dé simiente al sembrador y pan para comer, así será mi palabra, la que salga de mi boca, que no tornará a mí de vacío, sin que haya realizado lo que me plugo y haya cumplido aquello a que la envié.” (Is 55, 11).
La Sagrada Escritura nos enseña que la Palabra de Dios es viva y eficaz. (Heb 4, 12). Con una actitud de acogida permitimos que la Palabra sea, en nuestro corazón, viva y eficaz. Dejémonos penetrar y transformar por la Palabra de Dios.
Recomendaciones
Eso no significa que no nos podemos perder ni una frase de la lectura. Dios actúa más allá de nuestra poca o mucha atención. Sin embargo necesita una actitud de apertura y de deseo para que esa Palabra, viva y eficaz, realice su obra en nosotros. "Al recibir la Palabra de Dios que os predicamos, la acogisteis, no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como Palabra de Dios, que permanece operante en vosotros, los creyentes.” (1Ts 2, 13).
Puedes dirigirte a Dios con esta oración antes de comenzar a escuchar su Palabra:
Espíritu divino desciende con tu fuerza creadora a mi corazón. Mira con misericordia mi corazón abierto a tu acción. Permíteme acoger en mi alma a la Palabra de Dios. Que se haga carne en mí y así me transforme en Él. Concédeme vivir mi vida con una actitud de escucha. Que en todo momento te escuche a ti, Palabra del Padre, para vivir de ti y para ti.

lunes, 9 de noviembre de 2015

Cuando solamente me quedas Tú

La vida golpea continuamente. Ayer fue un compañero que nos cerró la puerta. Hoy es un "amigo” que no quiere saber nada de nuestro problema. Mañana... da miedo pensar cuál será la próxima sorpresa.
Sé, sin embargo, que hay Alguien que me apoya siempre, que está a mi lado, que me ofrece su brazo, que me levanta en las caídas, que me consuela plenamente.
Dios es fiel. Lo sé desde que leí el Evangelio, desde que escuché las palabras de ternura del Hijo del Padre. Su presencia, sus milagros, su agonía, su triunfo, son también míos.
Ya no camino en la incerteza. Está abierta la gran puerta de la esperanza. Tengo un Consolador que no me deja. Puedo confiar y seguir adelante.
Cuando solamente me quedas Tú, aprendo a desprenderme de las falsas "seguridades” humanas. He comprendido lo débil que es el corazón humano, su terrible capacidad de cobardías y traiciones.
En cambio, Tú eres fiel y bueno. Tú eres el verdadero Amigo que das la vida, también por el débil, por el pecador, por el necesitado.
Jesús, llega el momento de dar un paso hacia el abandono. Me pongo en tus manos, como tantos hombres y mujeres del pasado y del presente.
Ya no hay noche en mi corazón. Camino apoyado en Ti, Buen Pastor que me sostienes entre tus brazos...

jueves, 5 de noviembre de 2015

¿Y después de la muerte, qué?

Pasamos ya la conmemoración de los Fieles Difuntos, rezamos por ellos, por nosotros, pero nos queda siempre presente la misma pregunta:
¿Y después de la muerte, qué?
Las respuestas pueden ser muchas. Si las intentamos reducir a lo esencial, nos encontramos con tres respuestas fundamentales.

La primera: después de la muerte no hay nada. Tú, yo, todos, nos vamos a desintegrar, desaparecemos. Nuestras partículas, olvidadas de lo que fueron, irán a parar a mil lugares distintos. Algunos serán recordados, pero la fama de los grandes hombres no les permite disfrutar un minuto de alegría después de atravesar la frontera del "no retorno”. Tampoco habrá justicia: el criminal, el ladrón, el traidor, se habrán ido, quizá sin haber sido castigados por la justicia humana. Una vez muertos, nadie podrá pedirles cuentas de sus fechorías...

La segunda: después de la muerte empieza una nueva vida terrena, o incluso sigue una serie de vidas (dos, tres, cinco, ¿mil?). Es decir, quizá nos reencarnemos. Nuestra alma volará y tomará otro cuerpo, tendrá una nueva existencia. Quizá seremos una mariposa, o un cangrejo, o un perro que persigue conejos en praderas interminables. Se inicia así una "segunda oportunidad”. Y esto nos llena de un cierto alivio: si lo hicimos todo mal en la vida anterior, quizá en la nueva podremos portarnos bien y merecer, en la siguiente reencarnación, un cuerpo un poco mejor del que nos haya tocado ahora.

La teoría de la reencarnación presenta muchas variantes según la respuesta que se dé a estas preguntas. ¿Cada uno escoge su nuevo tipo de vida? ¿Cuántas veces uno se puede reencarnar? ¿Y después? ¿Hay algún Dios que juzga y que decide el cuerpo que nos va a tocar? Lo extraño es que ninguno (al menos, de los que yo conozco) recuerda que tuvo una vida anterior a la que ahora tiene. Ni hemos visto a un perro o a un gato contarnos lo que hicieron cuando estaban al lado de Napoleón en la batalla de Waterloo... Pero la idea de una segunda oportunidad nos tienta de un modo extraño, y, tal vez, nos hace valorar poco la existencia que ahora tenemos. Y eso puede ser muy peligroso.

La tercera respuesta: después de la muerte, hay un juicio, y unos van al cielo y otros van al infierno. Sin más: no existe una "segunda oportunidad” en una eventual futura reencarnación... Cristianos, musulmanes y bastantes autores del judaísmo aceptan esta respuesta, si bien difieren en lo que sea el cielo o el infierno, o en el modo en el cual procederá el juicio.

Desde este último punto de vista, la vida actual, esta única vida antes del juicio, adquiere un valor enorme. Lo que yo hago ahora no se perderá en el universo (como se piensa en la primera respuesta), ni tendré una nueva ocasión de actuar mejor gracias a una reencarnación (segunda respuesta). Ahora determino y decido lo que va a ser, eternamente, mi existencia en la otra vida. Decido mi cielo o mi infierno.

Delante de la frontera de la muerte, la ciencia se detiene. Nos dice cuándo uno ya dejó de vivir la existencia que tuvo entre nosotros. Nos explica la descomposición del cuerpo, la destrucción total del cerebro, pero no lo que pasa al espíritu. Lo que hay al otro lado escapa al microscopio más perfecto. El mundo del espíritu es invisible, y la ciencia, menos mal, no puede tocarlo. Lo triste es vivir con un corazón eterno como si fuésemos un pedazo de materia orgánica obtenida por la casualidad evolutiva, sin esperanza ni amor.

Nos entusiasma poder amar y vivir en esta tierra. Nos llena de alegría acariciar a un niño o contemplar una estrella. Nos conmueve la ternura de un anciano y la mirada serena y tranquila de algunos "locos” que nos penetran con sus ojos entre compasivos y alegres. Pero, lo creemos de verdad, no somos capaces de intuir lo que nos espera más allá de la muerte.

Esta vida vale tanto que Dios quiso vivirla con nosotros. Cristo, el Hijo de Dios, dejó abierto el camino hacia el cielo. Nos reveló que hay un juicio, que el amor es todo, que el peligro del infierno acecha tras la muerte. Vale mucho nuestra vida, valen mucho nuestros actos. Pero no estamos solos. Desde una Cruz Jesús, el Resucitado, nos acompaña en nuestros dolores y fatigas. Y nos espera, para siempre, en la casa del Padre.

lunes, 2 de noviembre de 2015

Fieles Difuntos-2 de noviembre‏

Un poco de historia

La tradición de rezar por los muertos se remonta a los primeros tiempos del cristianismo, en donde ya se honraba su recuerdo y se ofrecían oraciones y sacrificios por ellos.

Cuando una persona muere ya no es capaz de hacer nada para ganar el cielo; sin embargo, los vivos sí podemos ofrecer nuestras obras para que el difunto alcance la salvación.

Con las buenas obras y la oración se puede ayudar a los seres queridos a conseguir el perdón y la purificación de sus pecados para poder participar de la gloria de Dios.

A estas oraciones se les llama sufragios. El mejor sufragio es ofrecer la Santa Misa por los difuntos.

Debido a las numerosas actividades de la vida diaria, las personas muchas veces no tienen tiempo ni de atender a los que viven con ellos, y es muy fácil que se olviden de lo provechoso que puede ser la oración por los fieles difuntos. Debido a esto, la Iglesia ha querido instituir un día, el 2 de noviembre, que se dedique especialmente a la oración por aquellas almas que han dejado la tierra y aún no llegan al cielo.

La Iglesia recomienda la oración en favor de los difuntos y también las limosnas, las indulgencias y las obras de penitencia para ayudarlos a hacer más corto el periodo de purificación y puedan llegar a ver a Dios. "No dudemos, pues, en socorrer a los que han partido y en ofrecer nuestras plegarias por ellos".

Nuestra oración por los muertos puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión a nuestro favor. Los que ya están en el cielo interceden por los que están en la tierra para que tengan la gracia de ser fieles a Dios y alcanzar la vida eterna.

Para aumentar las ventajas de esta fiesta litúrgica, la Iglesia ha establecido que si nos confesamos, comulgamos y rezamos el Credo por las intenciones del Papa entre el 1 y el 8 de noviembre, "podemos ayudarles obteniendo para ellos indulgencias, de manera que se vean libres de las penas temporales debidas por sus pecados”. (CEC 1479)

Costumbres y tradiciones.

El altar de muertos

Es una costumbre mexicana relacionada con el ciclo agrícola tradicional. Los indígenas hacían una gran fiesta en la primera luna llena del mes de noviembre, para celebrar la terminación de la cosecha del maíz. Ellos creían que ese día los difuntos tenían autorización para regresar a la tierra, a celebrar y compartir con sus parientes vivos, los frutos de la madre tierra.

Para los aztecas la muerte no era el final de la vida, sino simplemente una transformación. Creían que las personas muertas se convertirían en colibríes, para volar acompañando al Sol, cuando los dioses decidieran que habían alcanzado cierto grado de perfección.

Mientras esto sucedía, los dioses se llevaban a los muertos a un lugar al que llamaban Mictlán, que significa "lugar de la muerte” o "residencia de los muertos” para purificarse y seguir su camino.

Los aztecas no enterraban a los muertos sino que los incineraban.
La viuda, la hermana o la madre, preparaba tortillas, frijoles y bebidas. Un sacerdote debía comprobar que no faltara nada y al fin prendían fuego y mientras las llamas ardían, los familiares sentados aguardaban el fin, llorando y entonando tristes canciones. Las cenizas eran puestas en una urna junto con un jade que simbolizaba su corazón.

Cada año, en la primera noche de luna llena en noviembre, los familiares visitaban la urna donde estaban las cenizas del difunto y ponían alrededor el tipo de comida que le gustaba en vida para atraerlo, pues ese día tenían permiso los difuntos para visitar a sus parientes que habían quedado en la tierra.

El difunto ese día se convertía en el "huésped ilustre" a quien había de festejarse y agasajarse de la forma más atenta. Ponían también flores de Cempazúchitl, que son de color anaranjado brillante, y las deshojaban formando con los pétalos un camino hasta el templo para guiar al difunto en su camino de regreso a Mictlán.

Los misioneros españoles al llegar a México aprovecharon esta costumbre, para comenzar la tarea de la evangelización a través de la oración por los difuntos.

La costumbre azteca la dejaron prácticamente intacta, pero le dieron un sentido cristiano: El día 2 de noviembre, se dedica a la oración por las almas de los difuntos. Se visita el cementerio y junto a la tumba se pone un altar en memoria del difunto, sobre el cual se ponen objetos que le pertenecían, con el objetivo de recordar al difunto con todas sus virtudes y defectos y hacer mejor la oración.

El altar se adorna con papel de colores picado con motivos alusivos a la muerte, con el sentido religioso de ver la muerte sin tristeza, pues es sólo el paso a una nueva vida.

Cada uno de los familiares lleva una ofrenda al difunto que se pone también sobre el altar. Estas ofrendas consisten en alimentos o cosas que le gustaban al difunto: dulce de calabaza, dulces de leche, pan, flores. Estas ofrendas simbolizan las oraciones y sacrificios que los parientes ofrecerán por la salvación del difunto.

Los aztecas fabricaban calaveras de barro o piedra y las ponían cerca del altar de muertos para tranquilizar al dios de la muerte. Los misioneros, en vez de prohibirles esta costumbre pagana, les enseñaron a fabricar calaveras de azúcar como símbolo de la dulzura de la muerte para el que ha sido fiel a Dios.

El camino de flores de cempazúchitl, ahora se dirige hacia una imágen de la Virgen María o de Jesucristo, con la finalidad de señalar al difunto el único camino para llegar al cielo.

El agua que se pone sobre el altar simboliza las oraciones que pueden calmar la sed de las ánimas del purgatorio y representa la fuente de la vida; la sal simboliza la resurrección de los cuerpos por ser un elemento que se utiliza para la conservación; el incienso tiene la función de alejar al demonio; las veladoras representan la fe, la esperanza y el amor eterno; el fuego simboliza la purificación.

Los primeros misioneros pedían a los indígenas que escribieran oraciones por los muertos en los que señalaran con claridad el tipo de gracias que ellos pedían para el muerto de acuerdo a los defectos o virtudes que hubiera demostrado a lo largo de su vida.

Estas oraciones se recitaban frente al altar y después se ponían encima de él. Con el tiempo esta costumbre fue cambiando y ahora se escriben versos llamados "calaveras” en los que, con ironía, picardía y gracia, hablan de la muerte.

La Ofrenda de Muertos contiene símbolos que representan los tres "estadios” de la Iglesia:

1) La Iglesia Purgante,
 conformada por todas las almas que se encuentran en el purgatorio, es decir aquéllas personas que no murieron en pecado mortal, pero que están purgando penas por las faltas cometidas hasta que puedan llegar al cielo. Se representa con las fotos de los difuntos, a los que se acostumbra colocar las diferentes bebidas y comidas que disfrutaban en vida.

2) La Iglesia Triunfante, que son todas las almas que ya gozan de la presencia de Dios en el Cielo, representada por estampas y figuras de santos.

3) La Iglesia Militante, que somos todos los que aún estamos en la tierra, y somos los que ponemos la ofrenda.
En algunos lugares de México, la celebración de los fieles difuntos consta de tres días: el primer día para los niños y las niñas; el segundo para los adultos; y el tercero lo dedican a quitar el altar y comer todo lo que hay en éste. A los adultos y a los niños se les pone diferente tipo de comida.

Cuida tu fe

Halloween o la noche de brujas: Halloween significa "Víspera santa” y se celebra el 31 de Octubre. Esta costumbre proviene de los celtas que vivieron en Francia, España y las Islas Británicas.

Ellos prendían hogueras la primera luna llena de Noviembre para ahuyentar a los espíritus e incluso algunos se disfrazaban de fantasmas o duendes para espantarlos haciéndoles creer que ellos también eran espíritus.

Podría distraernos de la oración del día de todos los santos y de los difuntos. Se ha convertido en una fiesta muy atractiva con disfraces, dulces, trucos, diversiones que nos llaman mucho la atención.

Puede llegar a pasar que se nos olvide lo realmente importante, es decir, el sentido espiritual de estos días.

Si quieres participar en el Halloween y pedir dulces, disfrazarte y divertirte, Cuídate de no caer en las prácticas anticristianas que esta tradición promueve y no se te olvide antes rezar por los muertos y a los santos.

Debemos vivir el verdadero sentido de la fiesta y no sólo quedarnos en la parte exterior. Aprovechar el festejo para crecer en nuestra vida espiritual.

Algo que no debes olvidar

La Iglesia ha querido instituir un día que se dedique especialmente a orar por aquellas almas que han dejado la tierra y aún no llegan al cielo.

Los vivos podemos ofrecer obras de penitencia, oraciones, limosnas e indulgencias para que los difuntos alcancen la salvación.

La Iglesia ha establecido que si nos confesamos, comulgamos y rezamos el Credo entre el 1 y el 8 de noviembre, podemos abreviar el estado de purificación en el purgatorio.

Oración

Que las almas de los difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz. Así sea.