miércoles, 28 de diciembre de 2016

Con María, el día de los Santos Inocentes

Existen, en nuestra vida, dolores que nos resultan incomprensibles, atroces, injustos y, sobre todo, inmerecidos. Pero, sea cual fuere la reacción que tengamos frente al dolor, él sigue allí, y nos atraviesa el alma como una afilada espada. Hoy mi dolor y mi tristeza no me dejan verte, María, como ansía mi corazón, pero sé que estas allí, aunque no pueda sentirte, estas detrás de mi dolor para sostenerme, para transformar el llanto en camino hacia al Padre.

En profecía cumplida… -dices a mi corazón, mas, no comprendo.

Hoy voy a hablarte de esos dolores incomprensibles que desgarran el alma y que luego, por la misericordia de Dios, se transforman en camino.

- Háblame Señora, que mi alma tiene tanta sed de tu compañía. Mi alma ansía caminos que no encuentro en la oscuridad de esta noche demasiado larga.

Yo conozco bien las noches largas. Te hablaré de una en especial, que me pareció eterna. De una noche anunciada, tan anunciada como la nochebuena, pero olvidada luego por muchos y, lo que me desgarra el alma, una recordación tomada hoy, por tantos, como excusa para bromas.

Esta vez temo seguirte, no sé si tendré valor, pero igualmente me llevas…me llevas… y estamos nuevamente en el recinto de Belén. Vemos como José está despidiendo a tres extraños extranjeros que le habían llevado a tu hijo oro, como símbolo de su dignidad y gran valor, incienso, como símbolo de su comunión con Dios y mirra, para preparar el aceite sagrado de su unción. Tres extraños venidos de lejanas tierras siguiendo una estrella, tres extraños que, buscando al Rey de la Vida, fueron a preguntarle a un rey embriagado de poder, el camino para hallarlo…. y, sin quererlo, despertaron en él fantasmas olvidados… la profecía, la profecía de Belén…

Los extranjeros, que el mundo llamará más tarde los tres Reyes Magos, parten a su tierra por otro camino, evitando pasar cerca del palacio de Herodes, quien los aguarda como un tigre al acecho, para saltar sobre el pequeño Rey desconocido que amenaza su seguridad.

Entramos a la precaria vivienda. José nos sigue y comienza a trabajar, pues el dueño de la finca le había encargado unos arreglos y le pagaría un buen precio por ellos. José tiene los pies sobre la tierra, sabe que debe alimentar a su familia y para ello sólo conoce un modo: su trabajo.

Tu, María, te dispones a preparar la cena. José no aparta la mirada de su labor, pero es evidente que sus pensamientos están en otro sitio, quizás detrás de los muros de un palacio, tratando de leer los pensamientos de un hombre fuera de sí, mas nada te dice. La cena transcurre en paz. La presencia de esos hombres y sus obsequios han dejado más preguntas que respuestas...¿Quiénes eran? ¿Por qué habían venido? ¿Cuál era el real significado de su presencia? ... quizás representan a todos aquellos que no pertenecen al pueblo de Israel y para cuya Salvación también ha venido este niño. Demasiados acontecimientos y pocas explicaciones. La pareja se dispone a descansar pues al día siguiente deberán iniciar el camino hacia Jerusalén, para realizar la purificación de María, tal como lo establece la Ley.

Yo estoy allí, con ellos, no puedo dormir, siento miedo… conozco la historia… la he escuchado mil veces de labios de los sacerdotes. La he leído, pero no es lo mismo estar… estar… y todos, de alguna manera, alguna vez en la vida, también estamos dentro de esta historia… sólo que, enceguecidos por nuestro propio dolor, no nos damos cuenta.

A la mañana siguiente parten hacia Jerusalén, María me hace señas de que los siga. El camino es largo, el niño, pequeño aún. El animal que nos acompaña va cargado de las pocas pertenencias de los padres y, en su mayor parte, de los pañales y ropita del bebé, recibida generosamente de la esposa del dueño del pesebre.

Luego de la ceremonia del Templo volvimos a Belén, José se nota nervioso… no como quien desconfía de la protección de Dios, sino como un padre responsable que sólo desea actuar correctamente y no sabe cómo, pues presiente que Herodes no ha olvidado la presencia de los extranjeros, ni se quedará quieto ante lo que él considera una amenaza.

Durante los siguientes tres días la familia se dedica a organizar el retorno a Nazaret. José termina sus trabajos pendientes, consiguiendo de esta manera dinero para el viaje y retribuyendo, al mismo tiempo, la hospitalidad al dueño del pesebre, quien sólo pide como pago, el arreglo de una vieja mesa labrada herencia de su padre, trabajo realizado impecablemente por José.

Los planes del Señor y nuestros propios planes no van siempre por iguales caminos. La noche del tercer día no aparenta nada en especial, sólo un cielo cargado de nubarrones amenazantes. Hace frío, María amamanta a su niño y lo recuesta bien calentito en la cuna hecha por su esposo, y una blanca piel de cordero cubre las demás mantas con las que la joven madre abriga a su pequeño. El matrimonio cena al tiempo que comenta los últimos acontecimientos. José tiene largos silencios que inquietan el corazón de María quien, como esposa prudente, no pregunta. Tiran las mantas en el suelo y se disponen a dormir, yo hago lo mismo, María me besa la frente y me dice “Valor, amiga, lo necesitarás...” es la noche de la locura, pero igualmente me quedo dormida... lástima, no tuve el valor de esperar despierta, como tantas veces en la vida en las que no tengo el valor de dominar mi voluntad.

Me despiertan los gritos de José. El hombre está sentado en el suelo, empapado en sudor, su rostro está aterrado pero es sólo por un instante... enseguida se pone en pie, da vueltas en el recinto tratando de ordenar sus pensamientos, seguidamente despierta a María, la toma por los hombros al tiempo que le clama en voz baja:

- ¡María, María! Por el amor de Dios despiértate María! – y la sacude casi con violencia.

Ella abre los ojos y se asusta...

- ¿Qué pasa, José? ¡Por Dios! ¿Por qué hablas de esa forma? ¡Jesús, Jesús! ¿Le pasó algo al niño?

- No, pero le pasará si sigues allí acostada... María... he tenido un sueño, que no fue un sueño en realidad... un hombre vestido de blanco me clamaba que te tomara a ti y al niño y huyera a Egipto, pues Herodes busca al niño para matarlo.

- ¡Matarlo!...Dios mío José, que atroz pesadilla.

- María, esposa mía ¡Nos vamos a Egipto! ¡Y nos vamos ya! ¿Comprendes? ¡Ya!.

- ¿Qué dices? José... ¿Te das cuenta la distancia que nos separa de Egipto, que es medianoche, afuera arrecia el viento y el frío cala los huesos?...

- María ¿Confías en mí?

- José, confío en ti más que en nadie en esta tierra

- Entonces, amada mía, junta todo y vámonos, los soldados se aproximan cada minuto, por cada palabra que decimos ellos están un metro más cerca... y vienen a matarlo... y no están jugando, pues un loco asesino les ha ordenado deshacerse de Jesús... la pregunta es ¿Cómo lo encontraran? Mientras a ese loco no se le ocurra... ¡Dios no puedo ni pensarlo!

- Mientras no se le ocurra matarlos a todos... - y María se estremece tanto que José debe sostenerla para que no caiga.

Yo estoy inmóvil, hubiera querido traerles un vehículo, un helicóptero, sacarlos prontamente de allí, pero eso pasa en las películas y esto es la vida real. Los padres (ahora me voy dando cuenta la clase de padre que Dios eligió para Jesús, un Hombre con mayúsculas) preparan todo prontamente, llevan sólo lo indispensable, deben dejar muebles, cuna, todo lo hecho por José. El oro de los magos les permitiría establecerse en Egipto. Dios siempre tan previsor, nos manda las pruebas y los medios para enfrentarlas. Salimos, el viento me termina de despertar, tengo varias mantas puestas encima, pero tiemblo como una hoja, parece que el corazón se me saldrá del pecho en cualquier momento. Montan los animales, María me hizo un lugar en el suyo... partimos... se ve poco, pero se ve, hay luna llena, los nubarrones ya no están, José se encamina hacia Egipto a través de la desértica región, apura el paso, no hay miradas extrañas que noten nuestra presencia. El hombre anda varias horas a marcha forzada, de tanto en tanto mira hacia atrás, con angustia, casi con desesperación. Yo, yo estoy muerta de miedo... veo soldados por todas partes... sé de sobra que no nos alcanzarán... pero una cosa es leerlo y otra estar... estar...

Falta poco para el amanecer. De pronto se escucha un galope cercano, se ve la arena removida por los cascos del animal que se acerca, es un jinete solitario, pero se dirige, peligrosamente, hacia nosotros. José nos recomienda calma, y no decir el nombre del niño. Por fin llega el personaje, un hombre más bien anciano, con la mirada perdida... loco... pobre infeliz... sólo decía:

- ¡Madres, corran, corran con sus hijos! ¡Huyan!...

José baja de su asno y se acerca al pobre hombre:

- ¿Qué le ocurre, amigo? ¿Se siente usted bien?...

- ¡Huyan, huyan mujeres con sus hijos! Sangre... muerte... niños muertos, en todo Belén... niños degollados, atravesadas sus carnecitas por las espadas de los soldados... no escapó ni uno... todo Belén es un grito... solo los pequeños murieron... los menores de dos años... ¿Por qué?¿Por qué Dios?- grita desgarradoramente el infeliz mirando al cielo- Huyan mujeres... huyan... corran... corran...

El pobre desquiciado comienza a cabalgar nuevamente repitiendo el ya inútil consejo. Tanto horror le ha enloquecido. Se pierde en el paisaje, queriendo huir de los macabros recuerdos pero no hay lugar en donde uno pueda esconderse de los recuerdos.

José y María se miran, abundantes lágrimas caen por sus mejillas, se abrazan y abrazan al niño. Es la noche más larga, más atroz, más cruel, que les ha tocado vivir a ambos. Es la noche anunciada por el profeta Jeremías:

“En Ramá se oyó una voz, hubo lágrimas y gemidos: es Raquel, que llora a sus hijos y no quiere que la consuelen porque ya no existen”( Mt.2,18)

La travesía dura largos días, María se esconde muchas veces a llorar para que José no la vea... no quiere preocuparlo, más su corazón de madre está destrozado. Recuerda la espada anunciada por el anciano Simeón... ya ha comenzado a lastimarla. También veo a José llorar a escondidas, es el llanto de un hombre que se siente impotente ante la injusticia, es el llanto de un hombre justo clamando justicia.

Las primeras casas del poblado egipcio se divisan a la distancia. La noche larga ha terminado, el niño está a salvo, momentáneamente.

- Amiga- dices María, mirándome a los ojos,( mientras tus ropas y las mías vuelven a estos tiempos y el ruido de los automóviles nos sorprende frente la parroquia de Luján, en mi barrio) gracias por compartir conmigo esta noche, una de las más duras de mi tiempo en esta tierra. Realmente, cuesta ver a Dios detrás de tanto dolor, cuesta poder encontrarlo para que nos tome de la mano, cuesta no enloquecer como ese pobre viejo del desierto... cuesta, buena amiga, pero no es imposible, es más, es el único camino. Dios, tras el dolor que nos causan los seres humanos. Dios, sosteniendo. Dios, poniendo rosas sobre tantas espinas. Dios, transformando el dolor en camino de salvación. Dios, permitiendo que nuestra angustia ayude a otros a superar la suya. Cuando tu alma tenga más preguntas que respuestas, más dolor del que crees poder soportar, más soledad que compañía, más desilusión que sueños entonces, más que nunca, búscalo; que siempre habrá un Egipto donde puedas esconderte hasta que pase el temporal.

- Señora- y apenas si puedo contener mis lágrimas- ¡Cuánto, cuánto me amas, cuánto me cuidas, cuánto me enseñas! ¿Te dije ya cuánto te amo?- y me arrojo en tus brazos y lloro por los niños muertos, lloro por mí, lloro por la humanidad.

Mientras te alejas, y yo seco mis lágrimas, un grupo de jóvenes pasa riéndose de uno de ellos, al tiempo que le dicen “¡Qué la inocencia te valga! Ja,ja,ja” típico comentario de las bromas del Día de los Inocentes.

Tengo ganas de gritar, ganas de decirles que el origen de esa recordación es la sangre de niños pequeños derramada por Jesús, pero siento que no vale la pena; prefiero escribir este relato, escribirlo para que tú, después de leerlo, ya no rías con las bromas de los 28 de diciembre. Porque si tú no ríes, si le cuentas esta historia a un amigo y él ya tampoco ríe... entonces... entonces algo habrá cambiado en este mundo... porque recordando a nuestros mártires, los honramos.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Nuestras aspiraciones

Aceptarnos como criaturas de Dios – son palabras que a menudo escuchamos y sobre las cuales meditamos. En muchas ocasiones estamos insatisfechos con nosotros mismos. Nos parece que los demás siempre y en todo, en la creación y en el crecimiento, han tenido mejor suerte. También nuestras acciones no han sido como hubiéramos querido que fueran. A menudo nos sentimos descontentos de nuestro aspecto, ocupación, ambiente… Además, nos parece que ni Dios es justo porque permite que el sol brille y que la lluvia caiga de igual forma, a los buenos y a los malos. La insatisfacción se acumula a pesar del hecho de que sabemos que como hijos de Dios hemos sido creados precisamente a su imagen y semejanza y de que somos irrepetibles.

Muchos escritores espirituales y maestros sostienen que de la aceptación de uno mismo y de todo lo que nos sucede, provoca el cambio de estado en que vivimos. Aceptarse a sí mismo no significa permanecer siendo el mismo y no cambiar nada. Aceptarse a sí mismo es sólo el comienzo del cambio que anhelamos. En caso contrario, permanentemente nos daremos vuelta en un círculo, nos sentiremos cansados y permaneceremos en la misma posición. De esa forma, se acumula la desesperación, crece la falta de esperanza, y al final la esperanza muere.

Una pregunta fundamental sería: ¿Qué anhela nuestro corazón – lo terrenal o lo celestial? Los criterios humanos no son los de Dios. Precisamente eso Jesús reprochó a Pedro cuando éste quiso apartarlo del camino que conducía a través de la cruz y el padecimiento a la salvación. Si durante toda la vida dirigimos nuestros pensamientos y fuerzas a los bienes terrenales y anhelamos “agradar” al mundo y no a Dios y a nosotros mismo, siempre estaremos distanciados de lo más importante: cómo somos ante los ojos de Dios y los nuestros. Por eso, si nuestra insatisfacción proviene debido a las cosas terrenales y a los criterios de este mundo, hemos sido llamados a volvernos a lo que supera este mundo efímero. En la Primera Carta a los Corintios leemos: “Ustedes, por su parte, aspiren a los dones más perfectos.” (cfr. 1 Cor 12,31).

En nuestras aspiraciones se esconde también nuestra individualidad. Es muy importante conocer las propias aspiraciones. ¿Qué cosa realmente deseamos de esta vida? ¿Qué es lo más importante para nosotros? ¿Es fundamental ser bellos y ricos, si sabemos que la belleza es relativa y la riqueza efímera? Más importante que esto es gritar con el salmista las propias aspiraciones: “Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva la firmeza de mi espíritu”.

¿Qué debemos hacer? Ante todo, como María, agradecer y alabar a Dios. Aceptar todo, realmente todo, lo que Dios quiere de nosotros – como María, Jesús, José y otros modelos de la Iglesia. Aceptación no significa aceptación de la impotencia y la extinción del deseo de cambiar, sino significa abrir las puertas a una transformación radical de la propia vida. Cuando María acepta la voluntad de Dios, el niño brinca en su seno y Ella da a luz a Jesús. Para nosotros es lo mismo: escuchar y comprender. Después se verifica en nosotros el inicio de una vida nueva y más santa, en la cual ya no es importante lo terrenal, sino lo que concierne al Cielo, desde donde esperamos la esperanza beatífica y la nueva venida del Salvador.

sábado, 15 de octubre de 2016

Dejarnos amar por Dios

Sí, es posible dejarle dirigir, mansamente, el camino de nuestras vidas.


Podemos darle a Dios una alegría inmensa si nos dejamos amar por Él, si ponemos nuestra vida en sus manos.
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Parece fácil, pero nos cuesta vivir así. Porque muchas veces preferimos nuestros planes, gustos, proyectos, deseos, y no somos capaces de descubrir que Dios nos prepara algo mucho más hermoso. También cuando nos quita algo que “bueno” para ofrecernos algo mucho mejor.

Un accidente nos puede privar de la salud, pero no nos aparta de Dios si tenemos un corazón atento, esponjoso, disponible. Incluso nos puede hacer más sensibles a las necesidades de los demás, y abrirnos los ojos para recordar que esta vida es sólo un tiempo de paso.

Un fracaso nos puede llenar de tristeza, al recordar la cercanía de Dios el corazón recibe un consuelo profundo: tenemos un Padre que nos espera, un día, en casa.

El rechazo de un “amigo” se nos clava en el alma, pero sabemos que la amistad de Dios es constante y nos alienta en los momentos más difíciles de la vida.

La muerte de un familiar o de un amigo deja vacíos profundos, pero la confianza en Dios nos permite saber que nadie muere sin el permiso divino, y que existe un juicio en el que la misericordia salvará a quienes se dejaron amar por el Amor.

Todos necesitamos ser amados. No podemos vivir sin amor, como recordaba con frecuencia Juan Pablo II. Si abrimos el alma y nos dejamos tocar por ese Dios cercano, amigo, enamorado del hombre y lleno de bondad misericordiosa, nuestra vida será mucho más hermosa y más buena.

Sí: es posible dejarnos amar por Dios, dejarle dirigir, mansamente, el camino de nuestras vidas. Entraremos entonces en un mundo maravilloso. Los pequeños o grandes malos ratos serán curados por el bálsamo más hermoso: el que recibimos desde la caricia eterna de nuestro Padre de los cielos.

martes, 11 de octubre de 2016

La Madre Teresa ante el silencio de Dios

Cinco décadas son prácticamente una vida. Acercarnos a la figura de la M. Teresa de Calcuta, recientemente canonizada por el papa Francisco, es una oportunidad para aprender sobre el valor de la vida espiritual. Al hacerlo, no podemos perder de vista los largos periodos de silencio o sequedad que vivió en su oración a lo largo de cincuenta años y que nos hacen recordar la “noche oscura…” de San Juan de la Cruz. Pero antes de eso, ¿por qué hablar sobre la espiritualidad en un mundo que parece buscar únicamente lo material?, ¿no es acaso algo considerado raro, cerrado o fuera de época? Nada de eso. Quizá como nunca antes, necesitamos trabajar nuestra dimensión espiritual, pero no como algo abstracto, mágico, agnóstico o desvinculado de la razón, de la ciencia, sino como una experiencia centrada en la persona de Cristo que ha dejado su huella en la historia. Una verdad que, en palabras del papa Francisco, se traduce en relación, ya que tenemos la capacidad de entrar en contacto con Dios. ¿Cuál es esa vía o punto de encuentro? La palabra. En efecto y como lo afirmó de muchas maneras Sto. Domingo de Guzmán a través de las obras que fundó, gracias a la predicación, a la escucha del Evangelio, es posible conocer (intelectualmente) y, por ende, asimilar la fe que se abre a la práctica. No es casualidad que el estrés provoque tantos padecimientos a lo largo y ancho del mundo. ¿Qué hay detrás? El vacío, la soledad. Por eso, la fe, no es una pérdida de tiempo. Al contrario, la humanidad se enferma cuando la olvida, porque está, por decirlo de alguna manera, en su ADN. La vida espiritual resulta clave para crecer como personas y por eso vale la pena abordarla desde la rica tradición cristiano-católica, a la que perteneció santa Teresa de Calcuta. Si bien es cierto que el estrés debe ser atendido de forma profesional, también es verdad que la fe sirve para fortalecer la propia vida y avanzar, haciendo que la paz pueda concretarse, pues Dios existe e interviene.

Regresando a la M. Teresa de Calcuta, vale la pena recordar todo el escándalo que se armó cuando los medios de comunicación, dieron a conocer que había pasado por largos periodos en los que, simple y sencillamente, dejó de sentir a Dios. Un escándalo que, en realidad, no se debió a ella, sino a la falta de información, porque cualquiera que tenga una mínima noción acerca de lo que es la teología ascética y, en general, la vida espiritual, sabe que los periodos de sequedad o falta de devoción, no tienen nada que ver con el ateísmo, sino con el proceso que implica madurar en la fe, porque justamente cuando faltan las palabras y los sentimientos se simplifican, estamos ante una persona que ha ido avanzando y que equivale a un adulto con experiencia. La fe no puede reducirse a una serie de emociones, pues aunque forman parte de la vida y, a veces, Dios las permite como un incentivo, es un hecho que la relación con él implica ir más allá. Su silencio en el caso de la M. Teresa, la llevó a un grado más alto de oración, consiguiendo que saltara un obstáculo que es muy común: vivir en la euforia. Por ejemplo, para saber si una persona va enserio con la fe, no hay que centrarse en el día después de haberse ido de misiones o de retiro, sino mínimo un año posterior a esa fecha. ¿La razón? Ver si hubo una decisión firme más allá de las emociones del momento. La M. Teresa, no fue eufórica, sino muy madura. ¿A qué se debió? Al silencio temporal de Dios que la llevó a lo esencial y no al mero sentimentalismo.

Actualmente, existe el riesgo de buscar la oración de una forma forzada; es decir, en vez de dejar que el Espíritu Santo decida si nos da o no emociones en ese momento, se busca propiciar el incentivo a como dé lugar y eso, claro está, no coincide con la lógica de Jesús. Por eso, la sequedad, no es retroceso, sino avance. Nos toca marcar el momento, darnos un tiempo para la oración, pero lo que suceda una vez comenzada, no es cosa de nosotros, sino de lo que Dios vaya disponiendo. La M. Teresa lo entendió y, pese a todo, siguió adelante en un campo de trabajo complicado. ¿Cómo es que pudo mantenerse? En realidad, ahí está la prueba de que Dios no la abandonó, pues de otra forma hubiera sido imposible que continuara.

“El que canta, ora dos veces”, dice San Agustín, pero no debemos sacar la frase de contexto, porque el silencio también tiene su lugar. Cantar, ayuda, pero resulta necesario alternar, a fin de que la vida espiritual sea una forma de unidad coordinada. La M. Teresa, desde el silencio y la lucha, supo descubrir a Dios. Sigamos su ejemplo para que de verdad seamos católicos maduros. 

viernes, 30 de septiembre de 2016

Querer ayudar sin saber cómo

Vemos el problema. Sentimos un deseo íntimo de tender la mano. Pensamos cómo hacerlo, pero todas las puertas parecen cerradas.

Si hablo, ¿qué palabras decir? ¿Cómo encontrar la manera para ser aceptado? ¿En qué modos dar a entender que busco el bien del otro? ¿Cómo superar prevenciones, miedos, suspicacias?

Si callo, ¿no seré interpretado como un cobarde? ¿No pensarán que soy indiferente al sufrimiento ajeno? ¿No dirán que prefiero evitar problemas para encerrarme en mi mundo de egoísmos?

Si escribo, ¿qué ocurrirá con las líneas que prepare? ¿A quién llegarán? ¿Seré capaz de expresar con tacto, con claridad, una idea que, espero, sirva para ayudar al otro?

Además, hay ocasiones en las que ni yo mismo veo caminos abiertos para salir del túnel. Los problemas están allí. Hacen sufrir a un familiar, a un amigo, a un compañero de trabajo. Pero, ¿hay solución? Me duele no ver la manera concreta con la que acompañar a quien sufre, tal vez muy cerca de mi vida.

A pesar de todo, queda siempre abierta la posibilidad de rezar. Es entonces cuando alzamos el corazón hacia el cielo, cuando suplicamos al Padre de la misericordia, ayuda, luz, fuerza, consuelo para quien lo necesita, para quien queremos sea auxiliado.

Quiero, Señor, tender la mano. No sé cómo. Suple, pues, mis límites, y no dejes sucumbir a mi hermano en la tristeza, en la amargura, en el odio, en el pecado. Dame fuerzas para saber estar a su lado, para encontrar modos concreto de acompañarle en su pena, para acercarlo a Ti, Padre bueno.

Permíteme, más allá de mis límites, ser un buen samaritano. Enséñame a compartir ese Amor tan grande que has puesto en mi vida. Un Amor que deseas ofrecer también a cada uno de mis hermanos más pequeños..

sábado, 3 de septiembre de 2016

Dios sale al encuentro

Una de las más hermosas descripciones de Dios en pos de la persona es la de Francis Thompson en el poema The Hound of Heaven.
Yo huía de Él, durante las noches y durante los días;
yo huía de Él en el transcurso de los años;
yo huía de Él por las laberínticas sendas de mi propia mente;
y en medio de las lágrimas me escondía de El, lo mismo que entre la risa pasajera...


Dios sale al encuentro, y nosotros huimos, Dios está presente en todos los momentos de nuestra vida. Dios se encuentra siempre disponible para nosotros. No tenemos más que hablarle. Ahora. Hoy. Esta noche. El comprende nuestro lenguaje, nuestros temores, nuestros secretos, nuestra amargura. El no te considerará como un sentimental si le hablas afectuosamente del pasado, si eres ya viejo. No se apartará de ti aunque seas un mentiroso, un ladrón, un asesino, un hipócrita, un traidor.

Dios siempre sale al encuentro del ser humano, de la oveja perdida, del hijo que se marchó de casa. En esta historia de búsqueda y encuentro, la iniciativa y la parte más importante la lleva Él. Dios es el principal agente y el principal amante. Porque ama, se da y se entrega totalmente.
Si buscamos a Dios, más nos busca Dios a nosotros. Y el místico Abu Azid confesó: Yo busqué a Dios durante treinta años; yo creía que era yo quien lo deseaba, pero no, era él quien me deseaba a mí. El buscar a Dios lleva consigo el esforzarse por cambiar el corazón, por desear y perseguir toda clase de bondad.

El ser humano busca, a veces sin saberlo, a Dios. La razón es bien sencilla, pues cada persona es imagen de Dios, espejo del amor, de la felicidad y de la vida. Unas personas lo descubren en la niñez, otros ya en la edad adulta. Cuando san Agustín cayó en la cuenta de lo que era, dijo: ¡Tarde te amé! ¡Oh hermosura tan antigua y siempre nueva! ¡Tarde te amé! (…)

El ser humano, en muchas ocasiones, busca a Dios donde no le puede encontrar o pasa de Dios y huye de él y vive como si no existiese, como si él estuviese lejos. Y no se da cuenta el hombre que Dios es un Dios escondido porque se encuentra en la intimidad de nuestro corazón. Dios nos llama a no escondernos de su mirada, a descubrir su presencia en lo cotidiano, en lo oculto de nuestra vida e historia.

A Dios, pues, lo podemos encontrar a través de una fe impulsada por el amor. Él vive dentro de cada uno. «Ésa es vuestra tragedia. ¡Olvidáis! ¡Olvidáis al Dios que hay en vosotros! ¡Queréis olvidar! ¡El recuerdo implicará el alto deber de vivir como un hijo de Dios…¡Es más fácil olvidar, convertirse solamente en un hombre…¡Vivir negando la vida!» (Eugene O Neill).

El Dios que está con nosotros, aparece muchas veces débil e impotente, sin poder hacer nada. Dios nos da a conocer que tenemos que vivir como seres humanos que resuelven su vida sin Dios. El Dios que está con nosotros es el Dios que nos abandona… Ante Dios y con Dios, vivimos sin Dios. Dios se deja arrojar del mundo para ir a parar a la cruz; Dios es impotente y débil en el mundo, y precisamente así y únicamente así es como está junto a nosotros y como nos ayuda (D. Bonhoeffer).

Dios está en nosotros, ha entrado en nosotros. Todas las noches, Leónidas, padre de Orígenes, acostumbraba besar el pecho de su hijo dormido por reverencia al Dios que estaba realmente presente en el tabernáculo vivo del corazón de su hijo. Dios está presente realmente en el tabernáculo de cada corazón humano; aquí podremos encontrarlo, pues, aquí habla, escucha, mora, vive y da vida.

Dios está muy presente en nuestra vida y nos invita a transformarnos en él y vivir con él. Con él podemos hablar, está al alcance de la mano, él es nuestro Padre. Dios se nos revela como un Dios cercano, quiere ser amigo. Dios está presente en el ser humano, en cada acontecimiento y en cada cosa.

Dios está en la fuente y en el río, en el mar y en el aire, pero sobre todo está, en lo más profundo de la persona. El centro del alma es Dios, al cual cuando el alma hubiere llegado según toda la capacidad de su ser, y según la fuerza de su operación e inclinación, habrá llegado al último y más profundo centro suyo en Dios, que será cuando con todas sus fuerzas entienda y ame y goce a Dios….

El ser humano es un ser inacabado, con capacidad para conocer y amar a su Creador que está en su corazón. Este Dios vive en lo más profundo del ser humano y vive escondido, le está al alma escondido, y le conviene siempre al alma... tenerle por escondido.

Por la fe podemos ver a Dios que está dentro. Esto mismo es lo que afirma Pablo VI: En el punto de encuentro esencial con el misterio religioso, con Dios, está dentro de nosotros mismos; está en la celda interior de nuestro espíritu, en aquella actividad personal que llamamos oración.

Una de nuestras grandes tragedias del ser humano es el no haber descubierto la interioridad, las riquezas que llevamos escondidas dentro. Gran parte del sufrimiento que padece mucha gente puede ser atribuido, en no pequeña medida, al hecho de que vivimos exiliados de nuestra tierra natal… del mundo interior (A. Maslow). Lágrimas de sangre derramó Agustín cuando descubrió el sin sentido de la vida que llevaba: Te buscaba fuera y tú estabas dentro.

Es importante encontrar el camino que conduce al interior, tener hambre de luz y de verdad. El peligro no está en el mundo, en lo exterior, sino en centrarse en lo que nos da vida. Lo importante no es abandonar materialmente el mundo, pues el mundo está en uno mismo y la reforma del ego es más rigurosa que el retiro en una región solitaria, un ashram o un monasterio (M.M. Daby). La oración tiene que ser un espacio abierto donde entren los otros y Dios, donde se avance en conocimiento propio.

Así como el sol madruga para entrar en tu casa, si le abres la ventana, así Dios te despierta cada mañana para que lo adores en tu interior, para que hables con él, para que vivas plenamente. El amor y la fe son los ojos que Dios nos ha dado para descubrirle y habitar en él. Si alguno me ama, guardará mi palabra y mi Padre le amará y vendremos a él, y haremos morada en él (Jn 14,13). Para hablar con él, tenemos que abrirnos a él y dejarle entrar en nuestro ser.

En toda búsqueda la persona debe confiar en Dios. Confía en Yavé con todo tu corazón, y no te apoyes sobre tu propia prudencia. En todos tus caminos piensa en El, y El allanará tus senderos ( Pr 3,5-6).
 

martes, 30 de agosto de 2016

Dichoso el hombre que da

A veces creemos que la felicidad está en el tener. Queremos tener más cosas, más aventuras, más tiempo libre, más trabajo, más fiestas, más seguridades...

Pero nada nos llena plenamente. El coche comprado con tanto esfuerzo después de un año nos causa un sinfín de problemas. La casa nueva ya empieza a mostrar signos de cansancio. La fiesta iniciada entre bailes y cervezas termina con un fuerte dolor de cabeza.

Todo lo que poseemos termina, porque nada material puede llenar nuestro corazón. Incluso la salud o el trabajo: nada es eterno en este planeta de aventuras y de cambios.

Hay, sin embargo, otros momentos en los que dejamos, damos y nos damos. Son momentos en los que no perdemos: ganamos. Porque hemos sido buenos, porque hemos dejado a nuestro corazón vibrar de amor, porque hemos vencido egoísmos para consolar al triste, al pobre, al enfermo, al desesperado.

El camino hacia la plenitud, hacia la felicidad perfecta, inicia cuando dejamos de lado el deseo de poseer para dedicarnos a dar. Lo explicaba con palabras llenas de afecto el Papa Benedicto XVI en un discurso pronunciado el 2 de noviembre de 2005:

“En este día en que conmemoramos a los difuntos, como decía al inicio de nuestro encuentro, estamos llamados todos a confrontarnos con el enigma de la muerte y, por tanto, con la cuestión de cómo vivir bien, de cómo encontrar la felicidad. Ante esto, el Salmo responde: dichoso el hombre que da; dicho el hombre que no utiliza su vida para sí mismo, sino que la entrega; dichoso el hombre que es misericordioso, bueno y justo; dichoso el hombre que vive en el amor de Dios y del prójimo. De este modo, vivimos bien y no tenemos que tener miedo de la muerte, pues vivimos en la felicidad que viene de Dios y que no tiene fin”.

“Dichoso el hombre que da”. Vivir para dar es el mejor, el único camino que nos lleva a la felicidad. Porque nos hace vivir como Dios que es amor, que se da a Sí mismo, que es feliz cuando puede caminar, como Jesús amigo, como Espíritu Santo Consolador, al lado de cada uno de sus hijos...

lunes, 15 de agosto de 2016

La fe nos salva

Somos lo que pensamos y lo que creemos. Según pensamos en positivo o negativo, vivimos en el cielo o en el infierno. Todo es posible para el que cree, pues si Dios está con nosotros, ¿quién podrá contra nosotros? Dios camina con nosotros y no tenemos que temer, sino apoyarnos en Él y saber que de derrota en derrota se ha logrado llegar a la victoria final (Churchill). Estamos en las manos de Dios.

 La fe es don y tarea, es misterio, exige compromiso. El cristiano tiene una gran tarea y una gran ocasión en la sociedad de la incredulidad funcional y de la incredulidad de los hombres ávidos de sentido: se trata de ser testigos de la profundidad en medio de la profanidad (J. M. Mardones).

La fe nos da la seguridad de que Dios camina con nosotros, de que para Él y con Él todo es posible, de que con su presencia tenemos todo: sol, luz, paz, bien, vida. Si falta Él, no tenemos nada. Lord Byron tiene estas significativas palabras: Cuando nos acercamos a casa, es dulce oír cómo ladra el perrito al sentir nuestra presencia, como si quisiera darnos la bienvenida. También nosotros marcharemos un día a la casa del Padre, y es consolador pensar que Cristo nos espera en ella con una dulce sonrisa. Sin fe, estamos perdidos.

jueves, 11 de agosto de 2016

¿Qué pedimos en la oración?

Las oraciones surgen desde la fe: creemos en Dios y confiamos en su Amor providente. Entre esas oraciones, muchas tienen como meta una petición.
¿Qué pedimos en la oración? Pedimos la gracia más importante: la conversión de los corazones, la victoria sobre el pecado, el crecimiento en el amor.
Pedimos también por necesidades concretas: que haya comida en la mesa, que haya trabajo para todos, que haya serenidad en la familia.
Pedimos por la paz: la paz interior, que permite convivir como hermanos. La paz exterior, que nace de la justicia, de buenas leyes y de gobernantes honestos.
Pedimos por la lluvia y por el tiempo favorable a las cosechas, por el aire limpio y por un poco menos de calor (o de frío).


Pedimos por los que están encadenados por la tibieza y la apatía, por la desgana y por la cobardía, por el miedo y por el respeto humano.
Pedimos por quienes sufren a causa de las tentaciones de la carne, de la avaricia, de la envidia, de la soberbia, del rencor.
Pedimos por los pobres y los enfermos, por los abandonados y los excluidos, por los perseguidos y los discriminados, por los huérfanos y las viudas.
Pedimos por los niños, los jóvenes, los adultos y los ancianos. También por los hijos antes de nacer y por las madres en dificultad.
Pedimos tantas cosas. La lista parece interminable. Llevamos nuestras súplicas al Padre, en el nombre de su Hijo Jesucristo, por el Espíritu Santo.
Las acompañamos con la intercesión de la Virgen María y de los santos. Las unimos a tantos monasterios donde, sin cesar, mujeres y hombres contemplativos elevan a Dios una oración de súplica llena de esperanza.

El testamento espiritual del P. Jacques Hamel, el sacerdote francés asesinado por ISIS

“¡Qué podamos en esos momentos (de vacaciones de verano) entender la invitación de Dios a cuidar de este mundo, a hacer de él, allí donde vivamos, un mundo más cálido, más humano, más fraterno!”. “Recemos por lo que más lo necesitan, por la paz, por una mejor convivencia entre nosotros”.
Hasta aquí unas palabras dedicadas al descanso, al cambio de aires, de actividades, a las vacaciones de verano. Sorprenden, sobre todo, las palabras de la segunda frase: esa invitación a rezar por los que más lo necesitan, por una mejor convivencia. Pero lo que realmente les dan una nueva dimensión es que fueron escritas por el P. Jacques Hamel días antes de su asesinato, lo que las hacen una especie de testamento espiritual. Un asesinato por odio a la fe, el pasado 26 de julio, en pleno corazón de la Francia laica, republicana, progresista…
Esa “vida de sofá” que llevan muchos cristianos europeos (parafraseando al Papa Francisco en sus palabras a los jóvenes en Cracovia durante la JMJ), se ha visto abofeteada con el asesinato del párroco francés. Es de todos conocido que su martirio tuvo lugar mientras celebraba Misa, y que además era un hombre totalmente dedicado a los demás, incluidos los musulmanes, a los cuales había cedido un terreno de la parroquia para que pudieran construir ellos una mezquita para su oración.
No era algo que se venía venir. Para muchos, el terrorismo era cosa que atacaría al materialismo laico: centros comerciales, discotecas, paseos marítimos, etc. En otras palabras, el estilo de diversión Occidental y que, al parecer, tanto molesta a algunos. Ahora bien, la posibilidad de que algún día los cristianos como tal o sus templos fueran atacados por terroristas se veía más bien imposible.
Lo cierto es que ahora que se ha hecho público la última carta pastoral de este párroco francés, no tiene desperdicio. Las perlas con las que comienza este artículo continúan con otras en las que califica las vacaciones de verano como “un momento para cuidar de los otros, sean quienes sean”. O “un tiempo para compartir, compartir nuestra amistad, nuestra alegría”.


Toda una oportunidad para descubrir cómo era el corazón de un sacerdote entregado a su parroquia. El P. Hamel estaba oficialmente jubilado, pero siguió estando, como el Buen Pastor, junto a sus ovejas, aunque eso le supusiera dar la vida por ellas.
A continuación puedes leer su carta.
El verano, tiempo de vacaciones.
La primavera ha sido más bien fría. Si nuestra moral ha estado un poco de capa caída, paciencia, el verano acabará llegando. Y también el periodo de vacaciones.
Las vacaciones, un momento para tomar distancia de nuestras ocupaciones habituales. Pero no son sólo un paréntesis. Es un tiempo de descanso, pero también de renovación, de encuentro, de compartir, de convivialidad.
Un tiempo de renovación: algunos se cogerán unos días para hacer un retiro o una peregrinación. Otros volverán a leer el Evangelio, solos o con otros, como una palabra que hace vivir la actualidad.
Otros podrán renacer ante el gran libro de la Creación admirando los paisajes, tan distintos y tan magníficos, que nos elevan y nos hablan de Dios.
¡Qué podamos en esos momentos entender la invitación de Dios a cuidar de este mundo, a hacer de él, allí donde vivamos, un mundo más cálido, más humano, más fraterno!
Un tiempo de encuentro con los más cercanos, con los amigos. Un momento para vivir algo juntos. Un momento para cuidar de los otros, sean quienes sean.
Un tiempo para compartir, compartir nuestra amistad, nuestra alegría. Compartir nuestro apoyo a los niños, demostrando que son importantes para nosotros.
Un tiempo de oración, también, atentos a lo que pasará en nuestro mundo en ese momento. Recemos por lo que más lo necesitan, por la paz, por una mejor convivencia entre nosotros.
Este será aún el año de la misericordia. Hagamos que nuestro corazón esté atento a las cosas hermosas, a cada una de las personas que corren el riesgo de sentirse un poco solas.
¡Qué las vacaciones nos permitan llenarnos de alegría, amistad y renovación! Entonces podremos, mejor equipados, retomar nuestro camino juntos.